Home FÚTBOL Europa El Madrid se desborona

La flor del Real Madrid perdió un pétalo en Balaídos. El Celta rompió el sueño del triplete blanco con un partido de esperanza y desesperación a partes iguales para la afición madridista, que creyó en una nueva machada de los suyos hasta el final y que al mismo tiempo se tiraba de los pelos al ver el desastre organizativo y de combinación que perpetraban los de Zidane. Hasta el último segundo. Ambas cosas.

La alineación dejó abierta una incógnita que el pitido final no fue capaz de resolver. ¿Cómo iba a jugar el Real Madrid? Parece que con tres centrales, con Casemiro como encargado de sacar el balón. Si la decisión fue de Zidane o de los jugadores del Celta, quienes le flotaban como a un mal triplista, está por ver.

Luego está lo de Danilo. ¿De qué jugó? De buscador de redención. En defensa actuaba de lateral; en ataque, de todo. Sabía, desde el partido de ida, que una fotografía de héroe en Balaídos le daría cierto cuartelillo de cara a la afición. Corrió, se multiplicó, lo intentó… pero lo que quedará de él es el gol en propia puerta que condenó al Real Madrid y un despeje a la remanguillé que evitó el último ataque de su equipo que le condenó a él. Definitivamente, no tiene estrella.

El Celta no jugó bien, pero hizo lo que tenía que hacer. Sin llegar a atrincherarse, aguantó las oleadas sin que su castillo de piedra se convirtiese en arena. Soltó un par de embestidas y fueron suficientes. Aprovechó los huecos, gigantescos, de un Madrid desmelenado y desorientado, para fabricar jugadas cerca de la frontal blanca. Y un par de ellas acabaron en la red. Más que suficiente. Aprovechó el paso de un cometa, un día de mala suerte del Madrid. El gol de Danilo y el remate al palo de Cristiano dan fe de ello.

Esa doble ocasión de Ronaldo, travesaño y palo, fue de lo único potable en la primera mitad de un Real Madrid que volvió a acusar la baja de Modric. Nadie quiso poner su nombre a la escritura del solar que dejó huérfano el croata en el centro del campo, incomunicando la defensa y el ataque de un equipo que, con Luka, tiene fibra óptica, y sin él son dos yogures y un hilo. La estrategia del mogollón, la del patio de colegio, no funcionó en Balaídos.

En uno de esos vaivenes del equipo blanco, Nacho se tiró al suelo a por un balón que no se sabe por qué no tocó, el mismo que le cayó a Guidetti en boca de gol, el mismo que Casilla rechazó y el mismo que Danilo, desbocado en una carrera hacia su portería que no llevaba a ninguna parte, introdujo en su red al borde del descanso.

La segunda parte fue exactamente lo que se esperaba, con el Madrid al galope, un galopar torpe, y un Celta que sobrevivía jugada a jugada, ola a ola, pero las ondiñas son propiedad local y las saben navegar bien. Cristiano se desquitó con un latigazo de falta directa a la red y el guión pareció escrito, pero Ramos, en la suya, de cabeza, para encargar otra estatua, la mandó fuera.

Fueron los peores minutos de un Celta que no salía de la cueva, que no sacaba bien el balón y que aún así era capaz de distraer la bola en sus pies un buen rato mientras los rivales se miraban preguntándose a quién le tocaría presionar y quién no estaba colocado en su sitio. Superado sin necesidad de oxígeno ese tramo, cazó la que llevaba esperando todo el partido. Wass dejó malherida la eliminatoria desde la frontal en el 85′ en una gran combinación celeste.

Lucas se empeñó en reanimarla con un gol de cabeza en el 90′, pero el Madrid se autodestruyó en una serie de despropósitos finales. Se apagó el sueño madridista del triplete, un pétalo se secó y deja mácula en la blanca flor.

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