Rusia sorprende y deja a ESPAÑA fuera del mundial.

 
Todo se acaba. La edad dorada comenzó en el punto de penalti, con una tanda mágica ante Italia, y ahí finalizó, con una tómbola trágica ante Rusia, con los lanzamientos parados a Koke y Aspas. Fue el punto y final a un Mundialdisparatado desde el despido de LopeteguiEspaña hizo todo lo posible por aliarse con el caos. Ya lo cantó Manolo Tena: las olas rompen el castillo de arena, la ceremonia de la desolación.

Iniesta no quería mirar en lo que era la radiografía de un país, la despedida posible a un héroe. Desde el punto de penalti, el territorio de mitos y leyendas, la parcela de santos desde la que no se entienden los Mundiales, ni siquiera se pudo agarrar al portero, De Gea, roto desde el primer partido ante Portugal.

El dolor es más intenso porque a España, con más de un millar de pases, la echa la peor Rusia de los últimos 30 años, un equipo sin una estrella que tirar al mercado persa de fichajes. El equipo de Hierro lo buscó por todos los lados, con mucho balón y poco juego. La posesión fue infernal. En mitad de la tormenta, otra vez, lo más potable fue el esfuerzo descomunal de Isco.

Se pedía una revolución de Hierro. La hubo, con una decisión simbólica, la de dejar sentado a Iniesta para que entrara Asensio, preso de un ataque de timidez insólito durante toda la tarde. Con Koke de escudero de Busquets, la otra variación fue dar vuelo a Nacho en la banda derecha por Carvajal. El pluriempleado de la selección dio solvencia y provocó la falta del primer gol, la que le dejó maltrecho para el resto del partido.

Asensio no se contagió del efecto Mbappé, la cometa francesa que llamó al universo el sábado por la tarde delante de la barbilla de Messi. El mediapunta español optó por no arriesgar. Soltó pronto el balón y no intentó una diablura. El mundo se quedó sin verle en un día especial. A su lado, Silva, emperador de la Premier hasta febrero, desconocido desde entonces cuando perdió la forma por una cuestión familiar. Eso se nota en el campo. Eso se nota en España.

Ramos a Piqué, éste pasa a Busquets, que cede a Koke. Después el balón va hacia Nacho, que lo devuelve a Busquets, quien lo cede a Isco que baja a recibir, busca a Asensio que lo pasa al primer toque a Silva, que ve a Alba, éste pasa otra vez a Busquets, éste a Koke, que sin huecos devuelve a Piqué. Esta era el escáner del encuentro. Una portería de adorno y un delantero centro, Diego Costa, sin postre.

Rusia hizo una reverencia al equipo español, una especie de homenaje a la historia de la última década, con un ataque de fútbol rústico, de la época de las cuevas. Su única intención era ponerse la capucha y esperar el rondo español. Todo eso estaba en las casas de apuestas.

La ruleta giró de repente. Un atropello a Nacho terminó en una falta que sacó Asensio con un saco de cianuro hacia el segundo palo. Allí, esperaba Sergio Ramos en lucha grecorromana con Ignasevich, el último en tocar el balón hacia la red. Fue un gol en propia meta de antología.

España se dedicó entonces, en un extraño ataque de sobeo del balón, a animar a Rusia. Los españoles tenían el balón, pero no tenían el partido. La portería estaba en el olvido. El juego local consistía en buscar balones desde la estratosfera sobre Dzyuba, un hombre boya de casi dos metros. Rusia ganaba metros como en el rugby. No tenía el balón, pero generaba peligro con su estilo rocoso.

Primero lo intentó Golovin en un remate ajustado. A veces sucedía una falta que animaba el estadio. En un córner Dzyuba remató y Piqué despejó con la mano de espaldas como si fuera un central de voleibol. La tienda de regalos no había manera de cerrarla. El ariete aprovechó el obsequio y engañó de penalti a De Gea, al que no se le había visto la camiseta.

El plan ruso no se movió un fleco. Se defendía hasta con los aficionados. España, cansada de tocar el balón, encontró algo de chispa con Aspas y Rodrigo. Parecía tarde. Rusia ni se molestaba. Estaba encantada con la tómbola inevitable. Akinfeev, el portero, se encontraba con las musas. Él echó del Mundial a España, incapaz de encontrar su sitio desde el día que Luis Rubiales y Rubiales cambió de piloto un día antes del inicio.

Fue una España irreconocible desde el primer día, sin solidez, sin empaque, asustada y sin santos, algo necesario en un Mundial. Demasiados regalos se pagan. Todo pasa y todo queda. Toca vivir de los recuerdos.